Café Tortoni, por Baldomero Fernández Moreno – 1925
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| Sala Alfonsina Storni del Cafe Tortoni |
A pesar de la lluvia yo he salido
a tomar un café. Yo estoy sentado
bajo el toldo tirante y empapado
de este viejo Tortoni conocido.
¡Cuántas veces, oh padre! habrás venido
de tus graves negocios fatigado
a fumar un habano perfumado
y a jugar al tresillo consabido
Melancólico, pobre, descubierto,
tu hijo te repite, padre muerto.
Suena la lluvia, núblanse mis ojos.
Sale del subterráneo alguna gente,
pregona diarios una voz doliente,
ruedan los grandes autobuses rojos.
Todas las ciudades capitales del mundo tienen sus curiosidades, o los que podemos llamar, sus lugares comunes. Uno de esos lugares comunes es el café más tradicionado, más antiguo de cada una de ellos. Así, Madrid tiene por ejemplo el Café Gijón, lugar de reunión de artistas y escritores. Y Roma o Paris tendrán los suyos. Pero ninguno de ellos tendrá seguramente el color, el aroma y el calor humano del Café Tortoni, orgullo de Buenos Aires, del cual se han escrito muchas cosas.
Un inmigrante francés de apellido Touan decidió inaugurarlo a fines de 1858. En el gran mapa mercantil de Buenos Aires, editado en 1870, se lo ubica en la esquina de Rivadavia y Esmeralda donde figura con el nombre de su propietario. El nombre “Tortoni” lo tomó prestado del de un establecimiento del Boulevard des Italiens, inaugurado en 1798 por un napolitano que hizo fortuna en Paris, en el que se reunía la elite de la cultura parisina del siglo XIX. Actualmente, el café parisino no existe.
En 1880 el Café Tortoni fue trasladado a su ubicación actual con la entrada por Rivadavia. Y en 1894, cuando nace la Av. de Mayo, el café tiene dos entradas. Es decir, por ambas puertas han entrado los fantasmas de Buenos Aires.
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| La actual sala de lectura fue originalmente peluquería del café. |
La sala de lectura era la peluquería del café, que era una de las características que en general tenían algunas confiterías de esa época. Un intendente dono 80 libros para dar un puntapié inicial para hacer una biblioteca del tango y del lunfardo. Y allí se reunía la Academia del Lunfardo.
El palco que se encuentra encima de la barra puede ser el único palco que queda en un café de Buenos. En él actuaban las orquestas de tango, las orquestas de señoritas y las vitroleras. Las orquestas de señoritas lo mismo interpretaban, muchas veces desafinando bastante, pasos dobles, foxtrot, valses, o melodías de la llamada música ligera, mezclados con tarantelas o fragmentos de Debussy.
Vitroleras, esas mujeres que desde el palquito, cuando no actuaba alguna orquesta, mantenían la música en el salón, justamente a través de las que en esa época se denominaban vitrolas. Y después, los tocadiscos, mucho antes de los casetes o los compacts de hoy.
Esas vitroleras, que atendían los pedidos de la clientela por determinadas piezas musicales, podían descender del palco para escuchar, desde detrás del mostrador, los pedidos de los más interesados en dialogar personalmente con ellas.
En 1926 los dueños de ese entonces decidieron cederle la sala del subsuelo a La Peña, que fomentó la protección de las artes y las letras hasta su desaparición, en 1943, y que era capitaneada por Benito Quinquela Martín. Luego se decidió seguir con la tradición cultural de ese subsuelo, nombrándolo Sala Quinquela Martín.