Las rastrilladas indígenas en La Pampa

30 DE SEPTIEMBRE, 2013 | Grondona Olmi, Verónica

...las rastrilladas pueden ser vistas como la manifestación de una cosmovisión que se expresó en el paisaje por medio de la jerarquización del mismo en lugares significativos y/o especiales...

Los caminos indígenas del siglo XIX, localizados en el centro-este de la provincia de La Pampa, y conocidos como rastrilladas, tuvieron su origen en comportamientos sociales, políticos y económicos -y no únicamente en la caza y recolección, como se suele asumir-; y son aún visibles en sectores del paisaje que han recibido menos impacto relativo del hombre en los últimos tiempos, como las reservas de bosques de caldén.

Se estima que estas huellas se formaron primero por el constante y diario uso de los grupos humanos y más tarde por el tráfico de animales, consolidado hacia mediados del siglo XVIII, lo cual fue generando grandes surcos en la tierra. Algunos caminos, por su ancho, profundidad y la longitud de sus conexiones, se clasifican por su importancia en principales y otros en secundarios. Los primeros -con un ancho de 80 metros, y una dirección específica, como el “camino de los chilenos” que conectaba los campos bonaerenses con Chile- atraviesan territorios de distintos grupos y conectan grandes distancias; los segundos -de un ancho máximo cercano a los 15 metros y de una profundidad relativa próxima a los dos metros- vinculan diferentes espacios y asentamientos al interior de un mismo territorio implicando una menor escala de las conexiones.  

En esta parte de la provincia se habían conformado, hacia mediados del siglo XIX, distintos linajes Rankülches liderados por un jefe, quien tenía bajo su poder a diferentes caciques secundarios. Estos linajes controlaban un amplio territorio en el cual se distribuían los campamentos indígenas, conectados por complejas redes de caminos. El conocimiento, acceso y control de esos caminos era fundamental para permitir la movilidad y la entrada a otros territorios.

Lucio V. Mansilla, en oportunidad de su viaje al pueblo Rankülche en 1870, describe estos caminos como: “(…) los surcos paralelos y tortuosos que con sus constantes idas y venidas han dejado los indios en los campos. Estos surcos, parecidos a la huella que hace una carreta la primera vez que cruza por un terreno virgen, suelen ser profundos y constituyen un verdadero camino ancho y sólido. En plena pampa no hay más caminos. Apartarse de ellos un palmo, salirse de la senda, es muchas veces un peligro real; porque no es difícil que ahí mismo, al lado de la rastrillada, haya un guadal en el que se entierran caballo y jinete enteros” (Lucio V. Mansilla en “Una excursión a los indios Ranqueles”). 

Adicionalmente, las fuentes etnohistóricas de la región indican que algunos lugares fueron conceptualizados como residencias de espíritus malignos o “engualichados” y posiblemente hayan sido evitados en las trayectorias del tránsito; como las arenas denominadas “Huecuvú Mapu” o país del diablo, donde era probable morir en caso de tormentas de viento.

Los espacios donde existían entierros humanos eran también evitados por los grupos en sus travesías y en otros casos se rechazaban lugares para ser reocupados porque allí había muerto algún miembro de la banda; como el sitio Loma de Chapalcó, en la geoforma de mesetas, donde se rescataron restos óseos humanos de al menos seis individuos. 

Asimismo, algunos sectores eran especialmente acondicionados para efectuar tareas de curación (“machitum”) y separados de los asentamientos donde se realizaban las actividades profanas.

Estas connotaciones otorgadas a puntos específicos del espacio remarcan que el paisaje, lejos de ser una entidad homogénea es más bien una construcción social heterogénea y jerarquizada en lugares.

Por otra parte, los cacicatos Rankülches desarrollaron una organización sociopolítica liderada por diferentes jefes o “caciques”, cada uno de los cuales poseía un territorio particular. Algunas de estas parcialidades realizaron un uso del paisaje a través de una distribución circular de los asentamientos. Este esquema ideal prevé diferentes círculos de ocupación ubicándose en el centro de cada radio los caciques de mayor poder y diseminados de manera concéntrica (centrífuga) hacia afuera, numerosos asentamientos de caciques menores y capitanejos. Estos emplazamientos tenían por función, entre otras, avisar a los caciques cuando alguien ingresaba en ese “círculo protegido” y para ello utilizaban senderos y caminos secundarios. Los ‘datos’ circulaban en diferentes escalas y se centralizaban en la autoridad del cacique y cuanta mayor información se poseía, mayor era el liderazgo y poderío de la parcialidad. 

Hacia mediados del siglo XIX el cacique Nahuel Payún tenía su asentamiento principal en la zona de los Médanos de Toay; a partir del cual es posible observar la disposición radial de las rastrilladas y de otros asentamientos de menores dimensiones distribuidos de manera concéntrica por el territorio. 

Esta forma particular de ocupar el paisaje no invalida la existencia simultánea de otras formas de uso del espacio y que podrían vincularse con otras modalidades no circulares de distribución del tránsito y de las rastrilladas; como la condicionada por la estructura topográfica, o la búsqueda y obtención de recursos de subsistencia (e.g. agua, pasturas, bosques) -el sitio Médano Solo presenta surgentes de agua y rastrilladas-.  

Por todo lo anterior, se entiende que las rastrilladas pueden ser vistas como la manifestación de una cosmovisión que se expresó en el paisaje por medio de la jerarquización del mismo en lugares significativos y/o especiales, por el establecimiento de condicionamientos sociopolíticos y a través de los usos económicos efectuados en el territorio Rankülche

La campaña militar del Gral. Roca en la década de 1880, implicó el desmembramiento del mundo indígena, pero también la transformación física del paisaje, ya que éste fue considerado un desierto y en consecuencia pasible de ser ocupado y explotado. 

A partir de 1881, con la actuación de los primeros agrimensores que mensuraron el territorio indígena y dividieron la tierra en cuadrantes orientados de norte a sur, el paisaje -considerado «salvaje»- fue dominado de acuerdo a una racionalidad moderna y occidental a través de la imposición de un orden espacial cartesiano, que contribuyó a conformar una imagen homogénea del ambiente.

La imposición de esta racionalidad occidental generó la destrucción y “desacralización” de lugares indígenas; la desestimación de las valoraciones, significaciones y ordenamientos indígenas del paisaje; la construcción de nuevas espacialidades, que connotan sentidos ligados al imaginario colonial de dominación, expoliación y etnocentrismo.

Fuente consultada:

– Información extraída de Fuente: Rafael Pedro Curtoni; “Análisis e
interpretación de las rastrilladas indígenas del sector Centro-Este de
la provincia de La Pampa”. Revista de Arqueología Histórica Argentina y
Latinoamericana Número 1. Año 2007. Pág. 65 a 92.

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