La Trochita, entre Ingeniero Jacobacci, provincia de Río Negro, El Maitén y Esquel, provincia de Chubut

En los últimos diez años, La Trochita fue declarada Monumento Histórico Nacional y se ha convertido en uno de los símbolos de la Patagonia.
Si hay un lugar donde es posible toparse con un mito y su correspondiente realidad, es a bordo del Viejo Expreso Patagónico La Trochita, el histórico ferrocarril de trocha angosta cuyas vías, de 75 cm de ancho, unen, entre otras localidades, las ciudades de Ingeniero Jacobacci, provincia de Río Negro, El Maitén y Esquel, ambas en la provincia de Chubut.  

La historia señala que La Trochita es sobreviviente del proyecto ferroviario patagónico impulsado en 1908 por el ministro de Obras Públicas y Agricultura Ezequiel Ramos Mexía, e interrumpido en 1914. En 1922 se decidió completar aquel trazado con ramales económicos de trocha angosta, aunque el ferrocarril recién llegó a Esquel en 1945. Los diversos destinos de la gran cantidad de materiales adquiridos, incluyendo 81 locomotoras a vapor, 1.600 km de vías y unos 600 vagones, han desvelado durante décadas a cientos de aficionados ferroviarios de todo el mundo.  

En la Argentina la leyenda creció en el corazón de los trabajadores ferroviarios, que conservaron la originalidad del funcionamiento de sus máquinas a vapor, y también en el de los pobladores patagónicos, que lo tuvieron como elemento indispensable para romper el aislamiento que les imponían el frío y la nieve. Del mismo modo se desarrolló mediante los relatos veraniegos de los muchos contingentes de mochileros universitarios, que lo hicieron suyo desde los años 60. A nivel internacional, el mito fue consagrado por la literatura de viajes a través del escritor norteamericano Paul Theroux, quien habiendo partido desde Boston, viajó por toda Sudamérica en ferrocarril. Luego de un paso por Buenos Aires para entrevistarse con Jorge Luis Borges, Theroux se dirigió hacia la Patagonia y llegó hasta Esquel a bordo del cautivante trencito, al que bautizó con el mismo nombre que más adelante llevó su libro: El viejo Expreso de la Patagonia, en el que narró su experiencia de viaje y que, para sorpresa de muchos, tuvo un notable éxito, pues llegó a figurar octavo en ventas a nivel mundial en 1979. En aquel entonces, en la Argentina unas 40 locomotoras de vapor originales pertenecientes al ramal fueron reducidas a chatarra (Río Gallegos, Trelew, El Maitén e Ingeniero Jacobacci).

En los últimos diez años, La Trochita fue declarada Monumento Histórico Nacional. Se ha convertido en uno de los símbolos de la Patagonia. En la nueva estación (la vieja pronto albergará un museo), abordan sus vagones unos 30.000 viajeros al año, que disfrutan cada paso de su bamboleante traquetear, envueltos por el vapor de las centenarias locomotoras, cargadas de historia. Sus imágenes son las de un sobreviviente patagónico, una suerte de milodón contemporáneo que atraviesa el viento de la estepa impulsado por el espíritu del sur.

 Paul Theroux, en Esquel
“Ningún lugar es un lugar”, escribió en 1993 Theroux, reflexionando sobre su viaje al sur, allí donde se terminaban los rieles. Y aún hoy afirma seguir queriendo regresar alguna vez a Esquel, la ciudad sureña que conserva un cierto aire de frontera. Mientras tanto, a 30 años de su aparición, El viejo Expreso de la Patagonia es un texto que merece ser recordado, difundido y, por qué no, agradecido: “Caminé hasta la estación. La locomotora que me había llevado hasta Esquel parecía abandonada al costado del andén, como si no fuera a funcionar nunca más. Pero a mí no me quedaban dudas de que guardaba energía para cien años más. Caminé más allá de ella... Había una ladera rocosa, algunas ovejas, y el resto eran arbustos y hierba. Mirando en detalle, se podían ver pequeñas flores rosadas y amarillas sobre estos arbustos. El viento las agitaba. Me acerqué más. Se sacudían. Pero eran hermosas. Detrás de mi cabeza había un gran desierto. Esa era la paradoja patagónica: para estar aquí ayudaba si uno era un miniaturista o, si no, interesado en espacios enormes y vacíos. No existía una zona intermedia de estudio. O la enormidad del espacio desértico o la vista de una pequeña flor. Uno tenía que elegir entre lo diminuto o lo inmenso”.


Fuente Utilizada

"La Trochita, espíritu del Sur" publicada en la Revista de Aerolineas Argetinas de noviembre de 2009 con texto de Sergio Sepiurka. Para saber más, puede visitar www.latrochita.com  

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