La leyenda de los naranjos de Astica, Valle Fértil, provincia de San Juan

De esta triste y dulce leyenda deriva el actual nombre de Astica, el AI-TIKAY de los Yacampis...
Cuenta que Misipay llegó desde La Rioja al frente de su gente y, próximo a la serranía de Astica, levantaron sus caseríos de piedra a orilla de un manso río.  

Pocos años después falleció su esposa, pero mantiéndose en la la dulce presencia de su hija Miskinay (Miel de Algarrobo).  

La niña creció enamorada de las flores y tan bella como ellas, al punto que pasaba varias horas al día cultivándolas en su jardín, próximo a la playa del río cercano a su “dacha” (casa) paterna.  

Realmente Misipay disfrutaba observando a su hija y el cariño que esta tenía a las flores. Un mal día llegaron los odiados conquistadores blancos y solicitaron a Misipay les prestara unos guías para que los condujera hasta un fuerte que los españoles habían construido en la orilla de un río que corría hacia el norte de los dominios de Misipay.  

El cacique sabía que estos señores de ojos claros venían en busca de oro y buscándolo, explotan al pueblo indígena, por lo tanto se negó a darles los guías pedidos.  

Caminaron los blancos por el caserío indígena y descubrieron la presencia de Miskinay. Uno de ello decidió seducirla, valiéndose de su cariño por las flores y de su ingenuidad, prometiéndole que le harían conocer flores que nunca había visto, si los conducía hacia el norte.  

La doncella creyó en los hombres blancos y al amanecer, sin el consentimiento de Misipay, partían en busca de las flores prometidas.  

Cuando ya se encontraron lejos del poblado, Miskinay comenzó a presentir que era engañada y de inmediato se resistió a seguirlos.

Se trabó una riña de la doncella con los blancos y uno de ellos la golpeó tan fuerte en la cabeza que la joven india murió.   

En tanto Misipay desesperado venía siguiendo a los fugitivos por las huellas que dejaban a su paso y grande fue su dolor al encontrar en esas huellas el cadáver de su hija. La alzó en sus brazos fuertes y su pena no tuvo límites.   

Decidió entonces seguir con sus guerreros hasta alcanzar a los blancos y escarmentarlos, luego que ocultó el cuerpo exánime de la niña en medio de las rocas.  

Ya partía el grupo de Misipay cuando desde el norte llegaba un grupo de sacerdotes jesuitas que al enterarse de lo sucedido, consolaron al cacique y le dieron las varillas de una nueva planta que tenían, asegurándole que si las cuidaba, su hija volvería en las flores de esas plantas y a su vez esas flores se convertirían en un sabroso fruto que daría alimento a la tribu.   

Creyó Misipay en la palabra de los jesuitas y al regresar a su caserío, sembró y cultivó con esmero las varillas recibidas, las que en poco tiempo se transformaron en hermosos naranjos, cuyos azahares exhalaban un perfume exquisito que se percibía de lejos.  

Así el alma y pureza de su hija había vuelto en flores y también en sabrosos frutos.

Los pobladores originarios comenzaron a llamar Aj-tikay al poblado de Misipay que significa: MAS FLORES O LUGAR DE FLORES.  

De esta triste y dulce leyenda deriva el actual nombre de Astica, el AI-TIKAY de los Yacampis, por ello este pueblo, antiguo asentamiento originario, es considerado “EL PARAÍSO DE LOS CITRUS Y LOS JARDINES PERFUMADOS”.  

por Becerra, Jorge Buenaventura, “San Juan, su gente, sus leyendas y otras cosas”   


Fuente Utilizada

- Web: www.comunidadargentina.org.ar; al 8 de julio de 2011  

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